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Fue en un baño, de casualidad...EN EL CIBER
Por carecer de PC propia, siempre que quiero conectarme a Internet debo ir a un Ciber-Bar: lugar donde uno puede alquilar maquinas por hora.
Al que concurro habitualmente tiene unas treinta maquinas, en boxes individuales, aunque la privacidad no es total, ya que constantemente hay chicos y adolescentes dando vueltas, jugando en red.
De todas manera, yo llego, reviso mis mails y luego, si tengo tiempo, navego un poco, siempre por paginas pornos. Son mi debilidad. Y veo de todo: paginas de jovencitas, maduras, cumshoot, etc., incluidas las de travestis y gays.
En una de esas oportunidades, luego de haberse cumplido mi hora, pagué y bajé a la planta baja del local para irme. Antes decidí pasar por el baño. Entré y me paré delante de un mingitorio, dispuesto a sacarle un poco de presión a mi vejiga. Como recién terminaba de ver las paginas pornos, estaba aun empalado, así es que hube de hacer una maniobra para sacar mi verga de la bragueta. Mientras lo hacía, sentí que alguien entró al baño y ocupaba el mingitorio que estaba a mi derecha. Me llamó la atención ya que había varios desocupados y los hombres normalmente evitamos ocupar uno contiguo al que esté ocupado (estupideces que tenemos, no?), pero no le di mayor trascendencia.
De repente mi vecino me dice: ¿ Te gusta mirar porno?. Lo miré. Me sonrió. Era un muchacho joven, de unos 22 o 23 años, casi de mi altura, algo flaco y con el cabello largo. Yo tengo 40 años, un metro ochenta y unos noventa kilos. Le devolví la sonrisa y le dije: Sí: me gusta ... y a vos? . También me contestó Me calientan mucho dijo.
A mí también le dije. Sí: me di cuenta me dijo mientras estiraba la cabeza por encima del separador del mingitorio para espiar de mi lado. La primera reacción mía fue ocultar mi verga a su mirada, pero luego lo pensé mejor y lo dejé que mirara a gusto. Esa morbosa escena me excitó he hizo que mi verga se pusiera más turgente. ¿ Te gusta? le pregunté. Lo que me gustaría sería ayudarte a que descargaras la leche que se te ha juntado me dijo mirándome a los ojos. No hubo mas que decir. Se dirigió a uno de los baños con puerta, se sentó en la taza del inodoro y me esperó. Yo dudé unos segundos y al fin, lo seguí. Entré y cerré la puerta a mis espaldas. Quedé parado frente a él, expectante, con mis manos en jarra a la cintura. Desprendió mi cinturón y mis pantalones cayeron a mis pies, quedando solo en calzoncillos, aunque la erección que tenía hacia que mi verga asomara por el borde de ellos. Él lo miró con una sonrisa en los labios, levantó la vista hacia mí, mientras lo acariciaba por encima del calzoncillo. Luego fue bajándolos hasta dejar libre todo mi pedazo. Lo tomó con las dos manos y lo empezó a sobar y a acariciarme los huevos. Después acercó su boca y lo empezó a besar: primero el capullo contorneándolo con su lengua y fue bajando por el tronco hasta llegar a mis bolas. Las lamió y se metió ambas en la boca, chupándolas fuertemente. Esto me estaba dando mucho mas placer del que yo pensaba. Seguidamente volvió a subir por el tronco hasta la cabeza de la verga, abrió su boca y se lo metió tan profundamente como pudo, hasta tener algunas arcadas, lo que no le impidió seguir chupando. Primero lentamente y luego aumentando el ritmo y la intensidad de la succión. Estuvo un buen rato haciéndolo y yo me había dedicado a disfrutarlo al máximo. Lo tengo que sentir dentro mío dijo en un momento dado, mientras rebuscaba en uno de sus bolsillos de donde extrajo un condón. Se lo puso en la boca y me lo puso en la verga. Yo, con lo excitado que estaba, me encontraba dispuesto a todo. Se bajó los pantalones, se volvió a sentar en la taza y mientras me lo volvía a chupar, empezó a hacerse una paja. Su verga ya tenía una importante erección y dejaba cada tanto que la saliva se le escapara de la boca y le cayera justo encima de su verga para lubricar su masturbación. Esa misma saliva usaba para ir lubricándose el culo mientras estaba sentado. Luego se paró, giró y se agachó casi hasta meter su cabeza dentro del inodoro, ofreciéndome su culo depilado. Yo lo tomé de las nalgas y se las separé, para tener un mejor panorama de su agujero marrón. Con mi mano fui guiando mi verga hasta la entrada de su culo y cuando lo apoyé sentí que sus músculos se relajaban para facilitar la penetración. Comencé a metérsela lentamente: entraba y salía la mitad de mi glande lentamente como ayundándolo a que se vaya acostumbrando. No- me dijo- Hacelo de golpe. Me gusta sentirlo entrar de golpe No tuve mas sutilezas. Me aferré a sus caderas para preparar el empujón y en cuanto lo apoyé en la entrada de su culo, de un fuerte empellón se la metí hasta chocar con sus nalgas. Él había mordido su pullover y dejó escapar un quejido profundo mientras sus manos se crispaban en el borde de la taza. Nos quedamos quietos así: él con mi verga en la profundidad de su agujero. Unos segundos mas tardes me empezó a acariciar las bolas y eso me indicó que ya podía moverme. Y así lo hice: cumpliendo sus deseos, mis embestidas era bestiales. Lo obligaba a poner sus manos contra la pared para evitar que se golpeara la cabeza con cada empellón.
Ahora se estaba masturbando aceleradamente mientras yo no disminuía mi ritmo para nada. Las contracciones de sus esfínteres me hicieron saber que él estaba acabando. Pude escuchar como su leche caía al inodoro en chorros cortos. Luego de algunas convulsiones, se relajó completamente apoyando su mejilla en la fría pared de azulejos. Al verlo tan agitado, pero aun con deseos, saqué mi verga de su interior, y agarrándolo del pelo, lo obligué a darse vuelta y a arrodillarse. Le puse la verga en la boca y empecé a empujar su cabeza hasta que mi verga se perdió en su garganta. Se ahogó. Cuando la saqué, él me la tomó en su mano, retiró el condón y desesperadamente empezó a chupármela dando una oleada de placer indescriptible que tuvo su punto culminante cuando sentí que descargaba en su boca un torrente de leche que le rebalsó la cavidad bucal, deslizándose por su cuello y su pecho. Siguió chupando hasta que mi verga empezó a perder su rigidez y lo limpió todo con su lengua. Nos secamos cada uno con su pañuelo y luego salimos del baño. Lavamos nuestras manos en silencio. Entró una tercera persona a usa los sanitarios y salí yo primero. Cuando llegué a la calle, una brisa fresca me alcanzó. Aspiré hondo, llenando mis pulmones y partí muy satisfecho por el buen polvazo echado.
Nos volvimos a encontrar a las dos semanas...
Pero esa es otra historia que les contaré luego.
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